sábado, 3 de enero de 2026

Antiguo Lazareto de 200 años



Crónica de un Silencio de Doscientos Años

En la intersección de las calles Alsina y Mitre, en el corazón histórico de Capilla del Señor, se erigen las ruinas de lo que alguna vez fue el último refugio para los marginados por la enfermedad. El Antiguo Lazareto, una construcción que promedia los dos siglos de existencia, permanece hoy como un esqueleto de ladrillos asentados en barro y arcilla, desafiando al tiempo mientras sucumbe lentamente ante el olvido y la erosión.

A mediados del siglo XIX, antes del descubrimiento de los antibióticos y las vacunas modernas, este edificio funcionó como un centro de aislamiento sanitario. Fue el destino inevitable para aquellos diagnosticados con lepra, cólera o fiebre amarilla, enfermedades que en aquel entonces no solo eran sinónimo de muerte, sino también de estigma social. Su ubicación, aunque hoy integrada al trazado urbano, buscaba en su origen la distancia necesaria para proteger al resto de la población de lo que se creía eran los "miasmas" o aires contaminados que transmitían la peste.

La arquitectura del lugar es un testimonio vivo de las técnicas constructivas de la época. Sus muros, de un grosor considerable, fueron levantados con ladrillos macizos cocidos a fuego lento, unidos por una mezcla primitiva de barro que aún es visible en las grietas que recorren la fachada. Los linteles de madera, que todavía sostienen algunos de los vanos de las ventanas y puertas, muestran un avanzado estado de descomposición; su pudrición es el preludio del colapso inminente, como ya ha ocurrido en los sectores traseros del predio, donde los techos han cedido y las paredes se han transformado en montículos de escombros tras las inclemencias climáticas.

Caminar frente a su fachada, hoy intervenida por grafitis contemporáneos y custodiada por alambrados, es asomarse a una época de incertidumbre médica y sacrificio. Capilla del Señor, declarada Pueblo de Interés Histórico Nacional, atesora este sitio no por su belleza estética, sino por su valor como documento histórico. El Lazareto recuerda la fragilidad humana y los esfuerzos de una comunidad que, atrapada en el tiempo, debió enfrentar epidemias devastadoras con los pocos recursos que la ciencia de aquel entonces permitía.

Hoy, mientras el edificio continúa desmoronándose con cada lluvia, queda como un recordatorio mudo de que la historia no solo se escribe con grandes monumentos, sino también con los espacios de dolor y resistencia que moldearon nuestra identidad sanitaria y social.

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