Más allá de su evidente belleza, el Rosedal de Palermo esconde secretos que pocos visitantes logran percibir a simple vista. Una de sus curiosidades más fascinantes ocurre cada mes de julio, durante el invierno porteño. En este periodo, los jardineros realizan la poda anual y, en un gesto de tradición comunitaria, regalan los esquejes a los vecinos. Esto permite que el ADN de las rosas más famosas de la ciudad viaje hasta los patios y balcones de toda Buenos Aires, extendiendo la vida del jardín más allá de sus rejas.
Otra joya oculta es la colección de rosas antiguas, ejemplares que ya no se comercializan y que se consideran reliquias botánicas vivientes, conservadas aquí como en un museo al aire libre. Además, el diseño del lugar no es azaroso: el Puente Griego, construido originalmente en madera, fue diseñado con una curvatura específica para que su reflejo en el agua formara un círculo perfecto, simbolizando la unidad y el ciclo eterno de la naturaleza.
Incluso el Patio Andaluz guarda un detalle poco conocido: fue construido con exactamente 14.500 azulejos traídos directamente desde Triana, Sevilla. Por último, para los amantes de la literatura, el Jardín de los Poetas no es solo una exhibición de bustos; se dice que la ubicación de cada autor fue pensada para que las sombras de los árboles y la luz del atardecer generen un ambiente de lectura ideal, tal como lo habrían deseado Borges o Storni. Estos detalles convierten al Rosedal en un rompecabezas de historia y simbolismo que se redescubre en cada caminata.
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